CRÓNICA

MANUEL SILVA, MAESTRO HERRERO

por Andrés Peña Mellado
fotos por Marcelo Roldán

Quien se aventure a viajar a unos pocos kilómetros al sur oriente de Santiago, se encontrará con los tesoros que guarda la comuna de Pirque. Allí aún habitan la frondosidad de los árboles, la conversación de los vientos y las calmas, condición muy diferente a la costumbre que impregna la capital. Entre viñas y parcelas, se llega sin complicaciones a la inconfundible casa de la calle Chalaco, residencia de Don Manuel Silva, el Maestro, mítico artesano en fierro que ofrece un viaje hacia muchos pasados, donde la historia de Chile y su vida personal se mezclan, rompiendo las distancias del tiempo y las emociones.

La observación se agudiza desde el comienzo. Sin siquiera entrar al recinto, la mirada se sorprende con una torre de madera, donde conviven allí tres muñecas de ascendencia mapuche, rapanui y aymara. Con un hermoso trabajo en fierro, la reja representa los perfiles de Gabriela Mistral y Pablo Neruda, una escena griega donde el hombre es representado como un herrero y la mujer como agricultora, además de un curioso mensaje: «Las autoridades de Pirque no integran a sus hijos el arte y la cultura». En la torre se leen consignas similares.

Ya dentro del patio, detenerse a contemplar los objetos de Manuel –y sus perros– indica el primer punto del recorrido. «Siempre he hecho cosas, es parte de mi forma de ser», comenta el artesano que ama su trabajo y que se crió en el Zanjón de la Aguada, a pata pelada y lleno de piojos. Sin padre ni escuela, tanto su técnica como sus saberes los adquirió de manera autodidacta. «Hay cosas que ni recuerdo cómo las hice» comenta, y yo pienso que quizá nadie más lo sabrá.

Sin embargo, comenta que de vez en cuando la gente «de afuera» se adentra en su mundo, en este museo con vida en el que Manuel es la obra más representativa. No así las autoridades de Pirque, que se han negado a visitar el espacio. «Los carteles que tengo colgados son mi forma de protestar», vocifera mientras nos invita a caminar.

«¿Y todo esto podrá ganarle al olvido?», me decía a mí mismo mientras me conmovía escuchando a Manuel. El Maestro de 78 años me aclara que los materiales que usa para trabajar los recicla de otros objetos, al mismo tiempo que hace funcionar a un herrero que emite una dulce melodía con campanas, bien cerca de su réplica de la estrella de Neruda que se encuentra en la casa de Isla Negra.

Las reminiscencias a la historia del país forman parte del recorrido. Ya dentro de la casa, en su segundo piso, la concepción más tradicional de museo se extiende por la construcción, hecha cómo no, también por él. En esta salita se encuentra de todo, desde perfiles en fierro de sus familiares hasta personajes tan destacados como Violeta Parra, Vicente Huidobro, Clotario Blest y Michelle Bachelet.

En esta vorágine aparece una idea presente en varios momentos del tour: las rejas y hombres encadenados. «¿Don Manuel, por qué hay tantas referencias sobre la libertad y su privación?», me atreví a preguntar. «Porque yo también estuve preso, pues. Una vez compré algo robado, y cómo yo no sabía nada en ese entonces, me dejaron dentro», me explicó en un tono simpático, para luego complementar que varias de sus obras poseen errores de ortografía, a causa de su falta de educación formal.

Antes de bajar a almorzar junto a Matilde del Canto, su pareja –pero no cónyuge– de 76 años y Üro Ledesma, su nieto de 23, apreciamos el autorretrato más bello de Manuel, un herrero a escala humana hecho en fierro, fiel relato de un trabajador que seguirá creando hasta que se le haga imposible.

QUEREMOS RECORDAR

En el almuerzo comimos los fideos con salsa de tomate cocinados por Üro y Matilde, instancia perfecta para conocerla a ella, una mujer sencilla y acogedora que nos emocionó con sus palabras. «Queremos recordar, que no se olvide nuestro pasado, ya que en ese entonces a nadie le importaba lo que nos pasó». Habló de su experiencia en la dictadura, la que se llevó a su esposo y la confianza hacia los demás. «Decían que nos olvidáramos, que lo único que hacíamos era molestar. O peor, negaban nuestra historia». Los ojos llorosos de Matilde y del resto se tomaron el comedor. Relatos increíbles se escucharon en la sobremesa, y no hace mucho que Matilde y Manuel decidieron compartir sus vivencias.

En reiteradas ocasiones, Manuel comentó su deseo de convertir su casa en un museo de verdad, aunque no sabe cómo. También que su falta de escuela le daba vergüenza, aunque ahora le da lo mismo. Alega además que se ha ofrecido para enseñar su oficio a distintas entidades públicas y que no lo han tomado en cuenta. Sin temerle a la muerte, confiesa que no quiere que su trabajo y conocimiento de toda la vida se pierda, en el momento en que abandone para siempre este mundo.

«Ya perdí el miedo, ahora hasta actúo. Mi primer acto fue el pregonero, entonces no es sólo que yo represente algo, también canto, tiene otro sentido para mí”, me conversaba consciente de que nuestra retirada estaba cerca, situados en la parte trasera del patio donde se encuentran sus instrumentos y varios pavos reales.

Antes de irnos quise preguntar si se sentía realizado de la vida que ha construido… esto fue lo que respondió: «Estoy muy satisfecho, porque sigo aprendiendo más cosas. ¿Y la muerte? Yo no le tengo miedo a nada. Ya dije que cuando muera, aquí no habrá lloriqueos, sino una fiesta. Quiero que me toquen las campanas y todas las cosas que tengo. Yo sólo pienso en dejar más recuerdos”. Nos despedimos del Maestro, trayendo unas plumas de pavo real y un espíritu más tranquilo, en un domingo despejado del mes de junio. Á

Andrés Peña es Periodista de la Universidad de Santiago de Chile y Diplomado en Periodismo Cultural, Crítica y Edición de Libros del Instituto de Comunicación e Imagen (ICEI) de la Universidad de Chile. A lo largo de casi dos años ha participado en los programas Exploradores: del átomo al cosmos, Experimenta: ciencia para niñ@s y Mentes Brillantes.

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