COLABORACIÓN

AMOR AL OFICIO

IMG 01. GotellI, Marcelo (2018). Sra. Cristina Ulloa, artesana de Quebrada de las Ulloa, comuna de Florida, Región del Biobío. Colección Fotográfica Archivo de Literatura Oral y Tradiciones Populares, Biblioteca Nacional.

por Carolina Tapia Valenzuela
Directora Archivo de Literatura Oral y Tradiciones Populares, Biblioteca Nacional de Chile

«Que el oficio no sea impuesto: primera condición para que sea amado –escribió Gabriela Mistral (1979 [1927]: 23)–. Que el hombre lo elija como elige a la mujer, y la mujer lo mismo como elige al hombre, porque el oficio es cosa más importante todavía que el compañero. Estos se mueren o se separan; el oficio queda con nosotros».

El oficio, la ocupación en que hombres y mujeres dedican gran parte de su tiempo, en el que se perfeccionan día a día con su práctica, sin duda que termina siendo una característica intrínseca de cada ser humano hasta el punto de hacerse parte de su identidad. Se habla de agricultores, pescadores, zapateros o panaderos, y, como señala Mistral, nos dice eso mucho más de las personas que cualquier otro aspecto de su vida (1979 [1927]: 13). Los oficios revelan, también, historias de familias, grupos, localidades y regiones, preferencias estéticas, la comunión entre materias primas y técnicas; en tales aspectos, se los interroga para conocer más (genuinamente) lo propio de una comunidad.

Desde la perspectiva cultural, los oficios –algunos oficios– han sido considerados como parte del folclor de una nación; últimamente, especialmente a nivel institucional estatal y académico, es la noción de patrimonio la que ha predominado en la definición y forma de comprensión de estos quehaceres. El paso de una concepción folclórica a una patrimonial da cuenta de los énfasis que interesan desde uno u otro ámbito, teniendo implicancias en la forma de aproximación y su valoración en el contexto socio-cultural.

Folclor significa, literalmente, el saber o conocimiento del pueblo. El investigador alemán Rodolfo Lenz (1863-1937), que fundó la Sociedad del Folklore Chileno en 1909, fue uno de los primeros en nuestro país en teorizar este concepto. Lenz señalaba que con el nombre de folklore se denominaba, en un principio, «a los materiales mismos i no a la ciencia que recoje, ordena i estudia estos materiales; era ‘el saber del pueblo’ i no ‘la ciencia que versa sobre el pueblo’» (1909: 9)1. Lenz considera que el Folclor es una rama de la etnología –la disciplina que estudia al ser humano como ser social, «producto de la cultura i de la sociedad que lo rodean» (1909: 5). En específico, el objetivo del Folclor es buscar la mayor parte de los materiales que den cuenta de la vida de un grupo de personas con una historia común, ya sea una nación, región o una comunidad más pequeña, para tratar de «penetrar en el espíritu de los usos y costumbres de la cultura, de la tradición y de la poesía de las naciones» (1909: 11).

IMG 02. Chavarría, Patricia (ca. 1980). Pescadores. Laraquete, comuna de Arauco, región del Biobío. Fondo Patricia Chavarría, Archivo de Literatura Oral y Tradiciones Populares, Biblioteca Nacional.

En el programa de la Sociedad se propone una clasificación general de estos materiales en cuatro grandes grupos: I. Literatura, II. Música y coreografía; artes plásticas y ornamentales: III. Costumbres y creencias, IV. El lenguaje vulgar. En las Costumbres y creencias, se identifican cuatro subgrupos: a) Fiestas y diversiones, b) Costumbres y creencias relacionadas con la vida del individuo, c) La vida material del individuo en general, y d) Las ocupaciones sociales y los artesanos. Dentro de esta última categoría se encuentran los oficios (Lenz 1909: 13-17). Como líneas de acción para su estudio, se enfatiza en la descripción, tanto de la vida de las personas dedicadas a estos quehaceres como de los procedimientos y uso de instrumentos y utensilios. Menciona entre ellos «la vida del labrador, el vaquero, el inquilino, el minero, el marinero i pescador, el cazador, el vendedor ambulante, los curanderos, etc. etc.» Dentro de los oficios especiales, señala que interesan de manera particular el telar i la alfarería, pero que también es conveniente realizar la descripción del modo de trabajar de «carpinteros, albañiles, herreros, plateros, etc., en las rejiones apartadas donde la importación europea no ha cambiado lo antiguo» (Lenz 1909: 16).

Las personas aquí englobadas, las y los trabajadores, artesanos y artesanas, son parte de lo que Lenz y los investigadores reunidos en la Sociedad entendían por pueblo. Lenz lo definió como «la gente que no sabe leer ni escribir, o al menos, no maneja libros» (citado en Donoso 2017: 141); a menudo los denominó pueblo bajo, la «raza de sangre mezclada española y araucana» (citado en Donoso 2017: 141), es decir, a los mestizos. Un aspecto importante al momento de definir los grupos que interesaban a estos estudiosos era su lugar de procedencia, de regiones apartadas donde se preserve lo antiguo, puesto que se vincula con el concepto de tradición, fundamental en la caracterización de los oficios, tanto desde el punto de vista folclórico como del patrimonial.

Esta primera generación de folcloristas tuvo una prolífica actividad en las primeras décadas del siglo XX; publicaron artículos que daban cuenta de una intensa labor de recopilación de manifestaciones populares a través de trabajo de campo, ya sea realizado por los mismos investigadores o por informantes que tenían más relación con el pueblo.

De la década de 1940 datan los primeros escritos del investigador Oreste Plath (1907-1996). Muchos corresponden a artículos publicados en la revista En viaje y dan cuenta de una inmensa labor de recopilación llevaba a cabo por todo Chile, en los más diversos ámbitos del folclor, ya que lo entendía de manera amplia: «¿Qué es el folklore? Es el pensar, el hablar y el hacer del pueblo en su sinceridad absoluta» (1950: 32). En su libro Folklore chileno dedica un capítulo a los personajes, abundantes en Chile debido a sus «variadas zonas, climas y caracteres geográficos», que presenta «distintas actividades a la vez que una curiosa gama del tipo laboral» (1969 [1962]: 9). Los personajes son, para Plath, hombres y mujeres que se desempeñan en innumerables ocupaciones, casi siempre de manera informal; se detiene en la descripción de algunos de ellos en sus aspectos históricos y estéticos, de manera genérica (1969 [1962]: 12-18). En la misma publicación hace referencia, también, a las faenas camperas, entre ellas la vendimia y la trilla a yeguas (1969 [1962]: 149-169).

IMG 03. Navarrete, Micaela (1994). Chinchinero y organillero en celebración de Fiestas Patrias en Playa Ancha, Valparaíso. Colección Fotográfica Archivo de Literatura Oral y Tradiciones Populares, Biblioteca Nacional.

En años recientes, el investigador Manuel Dannemann ha desarrollado una teorización y metodología de la ciencia del Folclor. En Enciclopedia del folclore de Chile (1998) se refiere a las artesanías en el capítulo La plástica, siendo interesante sus reflexiones en torno a esta denominación que propone y otros aspectos que caracterizarían a este tipo de expresiones. Sobre lo primero, señala que utiliza el concepto de plástica para comprender tanto a los objetos que se suelen denominar como artes populares –principalmente por el sector donde se realizan, casi siempre relacionado con sectores rurales de bajo nivel socioeconómico–, como a aquellas manifestaciones que denomina de artesanía gruesa –lo que sería la construcción de una casa con técnicas tradicionales, por ejemplo–. Para el autor, el objeto de estudio de la plástica folclórica es «el de la artesanía construida manualmente, de gran significación identificadora por su especificidad local, de función ornamental, o utilitaria, o mixta, de pertenencia espiritual comunitaria recíproca para sus artesanos, propia de la vida tradicional de un microsistema y de vigoroso poder de cohesión para los miembros de éste» (1998: 319). Más adelante, se refiere a las materialidades de las artesanías chilenas, revisando, de manera breve, algunas de ellas y las zonas del país donde se desarrollan.

De esta definición destacan varios elementos: las artesanías deben ser elaboradas manualmente, remiten a una zona específica y, por lo tanto, conllevan en sí una marca identitaria, que representa y a la vez refuerza la cosmovisión y vida comunitaria de las personas que las realizan. Al hablar de objetos da cuenta de su dimensión material, pero está implícita la referencia a quienes los realizaron, ya que revelan en su manufactura «la acción del hombre de una manera diestra y directa, al extremo de que casi aparecen las huellas de sus dedos en la madera, en la greda o en la lana» (Dannemann 1998: 315). Si bien en este capítulo no individualiza a los artesanos, reflexiona sobre el desconocimiento de ellos, de su lugar de vida y trabajo; Dannemann considera necesario conocer estos aspectos para comprender con total cabalidad la riqueza de los objetos, porque sólo allí, en su entorno, «se consigue un acercamiento de la dimensión humana que se esconde en cada producto de la plástica folclórica» (1998: 315).

Por otra parte, este autor critica la exigencia de antigüedad que algunos investigadores esperan de la artesanía tradicional, y la invariabilidad que debería tener su manufactura, en términos de materias primas, diseño, tema, estilo y funcionalidad, porque ve en ello, principalmente, una despreocupación por la persona en beneficio de los objetos que elaboran: «¿se han preguntado estos estudiosos qué es el folclore o la artesanía tradicional, para sus propios cultores, para sus artesanos?». Agrega: «Esta política de intransigente preservacionismo de quienes pretenden custodiar y proteger la cultura, vulnera la esencia ideacional de ésta, consistente en su libertad, en su fuerza innovadora, y, por lo tanto, constituye una irrespetuosa coacción para la vida anímica y material de los artesanos» (1998: 317).

Tal como señala Dannemann, se suele relacionar el adjetivo tradicional a lo inamovible, a lo que no debe cambiar, que debe dar cuenta de su antigüedad, en todo sentido (modos de hacer, materias primas, diseños, etc.); esa pretensión, en la práctica, no es posible: «Toda la cultura es tradicional, más aún, en reconocimiento a la dinámica de la cultura debería hablarse de tradición cultural […]. Los cambios son inherentes a la tradición cultural. Ninguna cultura, por fuerte que sea su situación endógena, se mantiene inmóvil» (1998: 319).

Las palabras y reflexiones de Manuel Dannemann sin duda representan un paso más allá en la manera de aproximarse a las manifestaciones que estudia el Folclor, aunque por supuesto es depositario de todo el desarrollo que ha tenido esta disciplina no solo a nivel nacional sino también internacional2. Cuando Dannemann hace referencia a las artesanías más que a los oficios, y describe los productos que se pueden obtener de las materias primas más que su forma de elaborarlos (1998: 321-336), da cuenta del foco, del objeto de estudio de esta ciencia, centrado en las expresiones culturales –en el caso de la artesanía, los productos– y no tanto en los sujetos que las desarrollan; y si fuera necesario referirse a ellos, o caracterizarlos (en beneficio del estudio de las manifestaciones), casi siempre es en términos de grupos o bloques comunitarios, o individualidades genéricas.

En la ciencia folclórica es el investigador el sujeto activo, el que estudia, y la labor de recopilación es el centro de su metodología, la que sirve de insumo para análisis posteriores, que en esta disciplina se refieren, principalmente, a los estudios comparativos, es decir, establecer los orígenes geográficos de las expresiones y sus variantes (Carvalho-Neto 1989: 93). Esta labor fue realizada con mayor rigurosidad por la primera generación de folcloristas de nuestro país; posteriormente, se nota un predominio solo de las tareas de recopilación que demuestran el trabajo de campo realizado por los investigadores, entre los que se encuentra la obra paradigmática, en este sentido, de Oreste Plath.

Las múltiples y diversas manifestaciones populares –del pueblo– y tradicionales –que hunden sus orígenes en el pasado, y se han transmitido por generaciones– se consideran, en la actualidad, como parte del llamado patrimonio cultural; en específico, muchas de ellas se engloban en una categoría de éste, el patrimonio cultural inmaterial (PCI), que comprende ámbitos como las técnicas artesanales tradicionales o los «conocimientos y usos relacionados con la naturaleza y el universo» (UNESCO 2003: 3). Sin entrar en la dificultad de definir el concepto de patrimonio3, se puede destacar un aspecto clave que separa dichas manifestaciones entendidas en su dimensión patrimonial y en su dimensión folclórica: el protagonismo de las comunidades, no tanto como sujetos de estudio, sino, sobre todo, en el papel que ellos mismos ostentan en la valoración y transmisión generacional de sus propias expresiones culturales. En este protagonismo cobran importancia las nociones de herencia, memoria e identidad, que permiten «diferenciar lo patrimonial de lo cultural en general» (CRESPIAL 2011: 14): «El PCI está ligado al pasado como herencia, pero es, por medio de la memoria, reactualizado en el presente y un referente indiscutible para el futuro; al tiempo que constituye parte importante de los rasgos identitarios de los pueblos» (CRESPIAL 2011: 13). La herencia, entendida como los bienes culturales comunes heredados del pasado; la memoria, como el medio que reactualiza estos bienes; y la identidad, como el sentimiento de pertenencia que cohesiona a un grupo a la vez que lo diferencia de otros.

IMG 04. Chavarría, Patricia (2000). Vendedor de cochayuyo. Pelluhue. Fondo Patricia Chavarría, Archivo de Literatura Oral y Tradiciones Populares, Biblioteca Nacional.

En términos operativos, en la forma de abordar estas expresiones, se ha pasado desde una labor de recopilación y de descripción de hechos folclóricos (Carvalho Neto 1989: 118-119), a una labor de estudio y acercamiento más antropológico, para poner en primer lugar a los hombres y mujeres detrás de estas manifestaciones que son comprendidas, así, de manera integral en su relación con el medio y en/con la comunidad. De acuerdo con esto, para nominar e inscribir una expresión en los registros de patrimonio cultural inmaterial de la UNESCO es indispensable contar, en todo momento, con la participación de las personas y grupos que los desarrollan (2003: 5). En Chile, el programa Tesoros Humanos Vivos es un ejemplo de los énfasis en el marco de esta concepción patrimonial, en donde se reconoce las costumbres, prácticas y conocimientos que las personas han heredado, desarrollado y perfeccionado durante años, y que son valorados, primeramente, por la comunidad. Si bien es un reconocimiento que entrega el Estado, a través del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, la forma de conocer a estos hombres y mujeres excepcionales de nuestro país es por la postulación y presentación que hacen de ellos personas, o instituciones, que los conocen bien y avalan su actuar comunitario. Por otra parte, algunos grupos que se desempeñan en un oficio en común han visto en el reconocimiento patrimonial la oportunidad para mejorar sus condiciones laborales y de vida, como los canteros de Colina4, y otros, como chinchineros y organilleros que, sin pertenencia a un territorio particular, han logrado encontrar en su práctica un elemento unificador que los caracteriza (Ruiz 2001).

Los colectivos que se agrupan en torno a un oficio en común y muchos de los reconocimientos en Tesoros Humanos Vivos representan a hombres y mujeres que se han dedicado prácticamente toda su vida al desempeño de su labor. En ellos se encarnan años de aprendizajes de relación con la naturaleza y perfeccionamiento de métodos y/o productos que hacen más llevadera la vida por su utilidad o que le confieren valor estético por su belleza; labores ancestrales y trascendentales como la trashumancia que realiza todos los años la comunidad Colla del Río Jorquera o las labores de extracción de sal realizada por la Cooperativa Campesina de Salineros de Cáhuil, Barrancas y la Villa; las delicadas figuras que la Comunidad de Artesanas en Crin de Rari materializa en vibrantes colores o la alfarería mapuche que tiene en Dominga Neculmán Mariqueo, de Padre Las Casas, una insigne representante (CNCA 2012).

El cambio en la consideración de una manifestación como folclórica en comparación con otra que se considera patrimonial tiene que ver, principalmente, con el foco en su valoración y quiénes son los sujetos que hacen esa valoración. En el Folclor, se trata principalmente de las expresiones o los “hechos folclóricos” que han sido valorados y estudiados por investigadores externos, incluso en detrimento de los propios cultores en la pretensión de conservar su antigüedad e invariabilidad, como denunciaba Dannemann. En su dimensión patrimonial, son las comunidades las que estiman cuáles son las expresiones, materiales o inmateriales, que vehiculan la memoria e identidad que los cohesiona y fortalece como grupo; así, el reconocimiento patrimonial ha sido percibido, también, como una oportunidad para concretar reivindicaciones sociales.

No conocemos solamente los productos y las técnicas asociadas, conocemos fundamentalmente a la humanidad detrás de objetos y saberes. Percibimos el amor que hombres y mujeres profesan por sus oficios, y reconocemos en ello las palabras de Gabriela Mistral sobre la importancia en la elección de un quehacer que los va acompañar por siempre y, por lo tanto, que se convierte en testimonio de vida, que habla por la persona. La emoción que despierta lo que se hace en el día a día es la base para su valoración patrimonial, lo que hace que trascienda la cotidianidad; en definitiva, el amor al oficio. Á

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NOTAS
1 La Real Academia Española (RAE) incluyó, en su edición de 1984, las voces folclor y folclore, versiones castellanizadas de la palabra de origen inglés folklore. Actualmente, la RAE incluye estas tres voces y además folklor. En el presente artículo, se utilizará la voz folclor, no obstante, se respetará las formas que utilicen los autores citados, las instituciones mencionadas y/o como se encuentre escrita en los libros. De igual manera, se respetará la ortografía de las fuentes consultadas.
2 Cfr. Dannemann, M. 1999, Perseverancia y cambio en la cultura folklórica, pp. 21-35, Academia Nacional de Folklore Chileno y Argentino, Universidad Católica de Valparaíso, Libro de oro. Ponencias 4º Congreso Binacional de Folklore Chileno y Argentino, Valparaíso: Ediciones Universitarias de la Universidad Católica de Valparaíso. En este texto, Dannemann realiza una revisión de varios investigadores del folclor a nivel internacional, y se refiere en específico al tema de la tradición en la cultura tradicional. En el ámbito nacional, una completa revisión del desarrollo de la disciplina del Folclor en Chile en: Donoso, K. y Tapia, C., 2017, (De)construyendo el folclor: historia de su conceptualización en la academia universitaria chilena durante el siglo XX, Mapocho, Nº 82, pp. 130-161.
3 Cfr. Marsal, C. (Comp.), 2012, Hecho en Chile. Reflexiones en torno al patrimonio cultural, s. n., Consejo Nacional de la Cultura y las Artes. Esta publicación reúne artículos de varios autores que tratan sobre diversos temas relacionados con el patrimonio cultural; acerca de la definición de patrimonio, ver el texto de Bernardo Subercaseaux, Identidad, patrimonio y cultura.
4 Los canteros de Colina postularon el año 1998 al Consejo de Monumentos Nacionales en la categoría de Zona Típica para el «Pueblo de las Canteras de Colina, sin resultado positivo. Un análisis crítico sobre la postulación de estos trabajadores» en Gómez, J., 2012, ¡Pueblo típico ahora!… El oficio de los canteros como Patrimonio Cultural de la Nación. (Canteras de Colina, Santiago de Chile, 1998-2010), Cátedra de Artes, n° 11, pp. 77-101.

REFERENCIAS
Carvalho Neto, P. (1989). Diccionario de teoría folklórica, 2ª edición [1977], Cayambe, Ecuador: MLAL, ABYA-YALA.
Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (CNCA) (2012). Tesoros Humanos Vivos, Santiago: Publicaciones Cultura.
Centro Regional para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial de América Latina (CRESPIAL) (2011). “Módulo III: Técnicas de registro e inventario del patrimonio cultural inmaterial. Sesión 1. Unidad 1: Aplicación de fichas de registro e inventario”, Curso virtual sobre registro e inventario del patrimonio cultural inmaterial [documentos de trabajo, inédito].
Dannemann, M. (1998). Enciclopedia del folclore de Chile, Santiago: Editorial Universitaria.
Donoso, K. y Tapia, C. (2017). (De)construyendo el folclor: historia de su conceptualización en la academia universitaria chilena durante el siglo XX, Mapocho, Nº 82, pp. 130-161.
Lenz, R. (1909). Programa de la Sociedad de Folklore Chileno, Santiago de Chile: Imprenta y encuadernación Lourdes.
Mistral, G. (1979). Grandeza de los Oficios, Santiago: Editorial Andrés Bello.
Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) (2003). Convención para la salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial, Paris, 17 de octubre de 2003. Link
Plath, O. (1950). Significación del folklore, En Viaje, vol. 202, pp. 32-33.
Plath, O. (1979). Folklore chileno, 3ª edición [1962], Santiago: Nascimento.
Ruíz, A. (2001). Organilleros de Chile: de la marginalidad al patrimonio. Apuntes para la historia social del oficio, Resonancias, N° 9, pp. 55-86.

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