REPORTAJE GRÁFICO

OFICIOS DE LA TIERRA Y EL MAR

El patrimonio inmaterial de la provincia Cardenal Caro

por Equipo Álbum & Arturo Cerda
fotos Juan Francisco Guzmán

El territorio central de nuestro país, zona caracterizada por ser testigo del quehacer campesino en Chile, sobresale además por ser una región poseedora de un paisaje abundante en recursos naturales, culturales, tradiciones y costumbres.

Recorriendo su geografía, desembocamos en el territorio costero, específicamente en la provincia de Cardenal Caro, que forma parte de la Región del Libertador General Bernardo O’Higgins. Este lugar, que refleja de forma muy prístina la unión de la tierra y el mar, permite el nacimiento de un rico patrimonio cultural arraigado a estos elementos, en concreto a las tradiciones y oficios que los involucran directamente. De la existencia de este umbral derivan actos que permiten al hombre relacionarse con su territorio, que facilitan su negociación con la tierra y ayudan, en cierto aspecto, a convertirla en un insumo para su permanencia allí.

En este contexto, una de las prácticas culturales que se desprende de este lugar, es el oficio del salinero. Esta actividad, propia de las localidades de Lo Valdivia y Cáhuil, se evidencia por el encuentro entre la firmeza de la tierra y la ligereza del mar, encuentro que da como fruto la producción y extracción de la sal.

La compleja tarea del salinero consta de un persistente trabajo de movimiento de aguas del mar hacia el interior y cuyo escenario podría resumirse en una sucesión de piscinas naturales que reciben el agua desde el mar a través de canales, la que se va evaporando conforme pasa de una a otra, para así obtener después de un largo proceso de vaciado de éstas –ya sea de manera tradicional o con la introducción de bombas eléctricas– la aparición primera de una flor de sal y luego, de los cristales de sal gruesa.

Atravesando este amplio territorio de salineros y estanques, nos encontramos con una zona de tierra más consistente y seca, que da origen a prácticas contrastadas a la extracción de sal; así, entre cerros costeros, aparece el oficio del ladrillero. Si bien es una actividad que podemos encontrar en distintos lugares de nuestro país, se percibe de manera escasa frente a la constante industrialización en la elaboración de este producto. Pese a esta situación, al interior de la Cordillera de la Costa, cercano a la localidad de  Barrancas, es posible encontrar algunos artesanos, que, gracias a las condiciones de la tierra local, pueden llevar a cabo la práctica de elaboración de ladrillos de arcilla. A diferencia del salinero, que requiere de la extracción del agua para la obtención de la sal, el oficio del ladrillero requiere de su incorporación para moldear y armar el ladrillo, los que finalmente son apilados para su secado y posteriormente horneados de forma artesanal en grandes pirámides encendidas.

Del mismo modo que para el ladrillo rudimentario, la tierra se convierte además en un insumo para la elaboración de productos de carácter más delicado, como el caso de la cerámica. Propio de esta provincia, de distintivo color deslavado y textura, es el caso de la cerámica de Pañul, cuyo artesano destaca además por su amplio conocimiento en la elaboración de moldes, secado y horneado de las piezas elaboradas a mano. La complejidad del proceso y su ritual contrasta con la bella sencillez de sus productos, que en sí mismos reflejan no sólo a la pieza que les da origen, sino también a quién, de alguna forma, los descubre. Á

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